dudas tercera parte


—La verdad, no sé que podría pasarte. Creo que yo no he hecho nada para que estés así conmigo... —dijo con voz triste, apagada.
—Pues si tú crees que no me pasa nada, está bien. Y ahora, prefiero que te vayas, porque estoy ocupada.
Me dolía más a mí que a él ser tan seca y borde con él, pero era lo único que me salía en ese momento. Estaba bastante dolida y enfadada como para tratarlo como siempre.
—Pero...
—¿Qué pasa, Joe? ¿Por qué ya no estás tan feliz como lo estabas esta mañana en el recreo? —pregunté, intentando que por él solito, averiguara lo que me pasaba. Pero parece ser, que no me conocía tan bien como para saberlo. Tal vez nuestra relación sea un error.
—No te entiendo. No sé de qué me hablas, Marie... —susurró confundido y triste, mientras negaba con su cabeza
—Tal vez es que no me conoces demasiado.
Lo miré por última vez, y subí las escaleras, para volverme a encerrar en mi cuarto.
Joseph no subió. Al momento escuché la puerta de la calle cerrarse con fuerza.
Me asomé a la ventana, y vi como Joe se alejaba lentamente, con sus manos dentro de sus bolsillos y con su cabeza agachada.
Al verlo así, me sentí fatal, me sentí culpable, me sentí una completa basura.
Tal vez él no merecía que yo lo tratara así. Tal vez estaba hablando demasiado antes de tiempo, y me estuviera equivocando. Pero no creo que me equivocara en lo feliz que Joe se había puesto cuando dijeron que Leire volvería, y para colmo, mañana.
Suspiré y me tiré a la cama, boca arriba, para poder colocar un cojín que había encima de mi cama sobre mi rostro, y expulsar toda mi ira, en un grito muy necesitado y deseado.

Al día siguiente no esperé a Joe para ir al instituto. Igualmente, no creo que Joseph hubiera venido a por mí para irnos juntos. Aún así, yo no esperé por si acaso él lo hacía.
Cuando llegué, entré en clase, esperando no ver a nadie, ya que era demasiado pronto, y la gente apenas estaba comenzando a llegar; pero no estaba sola. Estaba él. Estaba sentado en su sitio, con sus codos apoyados en la mesa, y su rostro cubierto por sus manos.
—Marie... —susurró, una vez que había levantado su cabeza, ya que la puerta hizo ruido al abrirse.
Yo fui a salir de la clase, pero él se me adelantó, y se levantó de su sitio para correr hacia mí.
—Marie, espera, por favor... —suplicó, hasta llegar a mí y coger mi brazo, no con mucha fuerza, y atraerme hasta él y mirarlo a los ojos.
—Suéltame, Joseph, por favor —pedí, o más bien supliqué.
—¿Por qué estás así conmigo? ¿Por qué me evitas? ¿Qué te he hecho? —preguntó, al borde del llanto, aunque en sus ojos ya podía ver el hinchazón de haber llorado; mientras me miraba con desesperación y dolor.
Yo no respondí. No sabía que responder. Quería que él se diera cuenta de lo que me pasaba, y no que yo tuviera que decírselo.
—Contéstame, por favor... —suplicó en un susurro, devastado, mientras sus ojos se comenzaban a agauchar.
—Y-yo...
Definitivamente, no sabía que decirle.
—Es mejor que te animes. Hoy vuelve Leire, y no querrás que ella te vea así —dije, al fin, en un tono bastante seco y lleno de odio. Joseph abrió sus ojos, sorprendido, por lo que le acababa de decir. Parece que él ya se había dado cuenta de lo que me pasaba, pero se había enterado por mí, no por él mismo, como yo hubiera querido.
En ese momento, Joseph disminuyó la presión que hacía en mi brazo, y aproveché para salir de allí. Él no corrió tras de mí, no intentó detenerme de ninguna forma. Pero era mejor así. No quería que él me detuviera. Quería irme de allí, para no tener que mirar más sus ojos, los cuales estaban llenos de dolor, y eso me destrozaba aún más.
—No puedo creer que pienses lo que creo que estás pensando —dijo su voz. Rápidamente me di la vuelta, sorprendida, porque él estaba ahí. Aunque no era raro que me encontrara. Él sabe que este es el sitio donde siempre vengo cuando estoy mal y necesito pensar, despejarme o simplemente, olvidarme de todo. Es un parque que hay a las afueras de la cuidad, con un pequeño lago, y con muchos árboles. Me transmitía paz estando en este parque. Por esa razón venía aquí cada vez que necesitaba estar sola.
—¿Q-qué haces aquí? —pregunté, levantándome.
—Quería hablar contigo y me imaginé que estarías aquí —dijo.
—Yo... quiero estar sola, Joseph —murmuré.
—Ya. Pero yo quiero que hablemos, y que aclares mis dudas.
—¿Qué dudas? —pregunté.
—Siéntate —pidió, señalando el sitio, donde había estado sentada hace unos segundos. Hice caso y me senté. Él se sentó a mi lado, mientras ambos mirábamos al frente, a la gran cascada de aquel lago que había.
Ambos estábamos callados. Y yo no iba a ser quien rompiera el silencio. Si él quería hablar conmigo, pues que lo rompiera él.
—No sé por donde empezar... —susurró, mientras dejaba escapar un sonoro y prolongado suspiro, para después ladearse un poco y mirarme a mí.
—Por el principio, supongo —dije, y miré sus ojos rojos, como seguramente estarían los míos.
—Aclárame algo —pidió—. ¿Estás así porque Leire vuelve hoy?
—Está bastante clara la respuesta, ¿no? —dije seria.
—Sí... —Joseph suspiró de nuevo, y volvió a plantar su penetrante mirada sobre la mía—. ¿Te pusiste celosa?
—No, Joseph. Tú sabes perfectamente que yo no soy celosa. Por lo tanto, no tendría por qué serlo ahora...
—Entonces no entiendo por qué te comportas así... —susurró confundido.
—¿Quieres saber el por qué? —pregunté, mientras alzaba mi voz. Joseph no emitió sonido ni palabra. Ni si quiera un gesto.
—Me gustaría —dijo al fin.
—Está bien —murmuré—. Estoy así, porque tengo miedo —dije, y antes de que Joseph dijera algo, ya que abrió su boca para interrumpir; yo seguí hablando—: Miedo a que te vuelvas a enamorar de ella, o simplemente te des cuenta de que todavía la quieres.
Joseph me miró anonadado, impresionado, y después bajó su cabeza, para suspirar despacito.
—No me lo puedo creer... —susurró—. ¿De verdad crees eso?
Asentí con mi cabeza, mientras miraba para otro lado. Quería evitar su mirada.
—¿Por qué creíste eso, Marie? ¡Yo te amo a ti! —exclamó furioso. Yo le miré dolida y suspiré.
—Si te hubieras visto... —susurré negando con mi cabeza—. Si hubieras visto tu reacción cuando dijeron que ella volvía... ¡Tus ojos brillaron al instante! Tu sonrisa apareció rápidamente, y ese brillo en tus ojos, no eran solo de un simple cariño, sino de amor, Joseph. Tus ojos brillaban como cuando hablabas de ella años atrás —dije dolida.
Una lágrima se escapó de mis ojos agauchados, y se deslizó por mi mejilla, terminando en mi barbilla.
Él bajó su mirada, como dándome la razón de lo que estaba diciendo; pero al momento la subió, intentando disimular que yo llevaba razón.
—No —susurró, fingiendo estar seguro de sus palabras—. No digas eso, porque eso no es verdad, Marie. Yo ya no la amo. Simplemente me he alegrado por volver a verla, nada más... Yo te amo a ti, no sé como puedes dudar eso...
Esto era el colmo. Ahora yo iba a tener la culpa de todo.
—¡No dudaría, si tú no me dieras razones! —chillé furiosa, harta. Joe me miró sorprendido, y yo comencé a caminar para salir del parque. No quería seguir hablando con él.
—¿Qué razones se supone que te he dado? —chilló él también, mientras seguía caminando tras de mí.

0 comentarios:

Publicar un comentario