
La puerta de mi cuarto sonó, y supuse que era mi madre. Así que solo contesté un:
“Adelante”.
—Hija, acabo de llamar a tu tía, te puedes ir ahora mismo si quieres.
Era la única buena noticia que me habían dado ese día.
—Genial, mamá. Gracias.
Mi madre se fue con una tierna sonrisa, y yo terminé de hacer mi maleta.
Decidí llamar a mi amiga. Ella tenía que enterarse que yo me iba.
—¡¿Cómo que te vas?!
Así es como ella reaccionó, no muy bien...
—Necesito irme por un tiempo, Jasmín. Pero volveré pronto. Te lo prometo —dije.
—Pero... ¿qué haré yo sin ti? —dijo bajito, con un hilo de voz.
—Lo mismo —reí, por primera vez en ese día—. Te llamaré todos los días. Y prometo volver cuanto antes.
—Está bien —murmuró, y oí como suspiraba.
—Cuídate mucho, fea.
—Tú también —dijo nostálgica—. Y llámame.
—Sabes que lo haré. Te lo he prometido —sonreí.
Seguí hablando un poco más con ella, y después colgué. Mi madre llamó a un taxi y me ayudó a bajar mi pesada maleta.
Cuando el taxi llegó, el taxista metió mi maleta al maletero y yo me despedí de mi madre.
—Te quiero —fueron las dos últimas palabras que pronuncié. Ella me sonrió, y me mandó un beso, mientras la iba perdiendo de vista.
Planté mi vista al frente, y al momento sentí unos gritos, y era su voz. Era la voz de Joseph.
Moví mi cabeza a un lado y hacia otro. No podía ser que ya tuviera alucinaciones.
—¡Marie! —oí su grito otra vez. Mi nombre salir de su boca sonaba tan hermoso… Pero no podía ser real.
—¡Marie!
Esto ya no podía ser mi imaginación.
Rápidamente me giré, y pude ver por el cristal de la luna trasera del coche, como Joseph corría detrás del taxi, intentando que éste parara. Gritaba una y otra vez mi nombre.
Pero, ¿qué hacía él aquí?
—¡Para el taxi, por favor! —le supliqué al taxista, y éste rápidamente frenó.
Bajé lo más rápido posible del taxi, y vi como Joseph comenzaba a formar una sonrisa y a llegar hasta a mí.
—J-Joseph, ¿qué haces aquí? —pregunté extrañada.
—Evitar que te vayas —dijo, con su voz entrecortada, por la carrera que se había pegado—. No puedo perder al amor de mi vida, por segunda vez. Sería un segundo error que jamás me perdonaría.
¿Qué? ¿Estaba soñando o esto era real?
—¿Q-qué es-tás d-diciendo, Joseph? —tartamudeé
—Marie...
Cogió mis manos entre las suyas, y las acarició.
—Tal vez sí llegué a dudar de mis sentimientos, de lo que sentí por ti, pero... —hizo una pausa para sonreír, y con una mano, empezar a acariciar mi mejilla—. Pero en cuanto me dejaste, supe, y no dudé más, de mis sentimientos hacia mi princesa...
Cerré mis ojos.
Princesa...
Amaba que él me llamara así.
—Y si supiste en cuanto te dejé que me amabas a mí... ¿Entonces, por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me buscaste para decirme que me amabas a mí?
—Porque quería primero hablar con Leire y dejarle todo claro.
En ese momento recordé el beso. El beso que me dolió tanto...
—Te besaste con ella —le recordé, con lágrimas en los ojos.
—Deja que te explique eso, por favor —pidió—. En ese recreo decidí ir a hablar con Leire, para dejarle las cosas claras. Porque tal vez no me creas, pero no me acerqué a ella después de que tú me dejaras...
—Te creo —dije rápidamente. Él me miró sorprendido, pero agradecido de que le creyera.
Sonrió.
—Me alegro que me creas.
Sonreí, y bajé mi cabeza.
—Bueno, te sigo contando. Como no me acerqué a ella, decidí ir a hablar con ella en el recreo, porque tenía que dejarle claro que me confundí, pero que ahora tenía más que claro que te amaba a ti, y solo a ti...
Quise sonreír. Pero no lo hice, me aguanté las ganas.
—¿Y el beso? —pregunté dolida.
Él suspiró.
—Ella me pidió que le besara por primera y última vez —dijo, y yo le miré incrédula. ¿Solo lo había hecho por eso? ¡Por Dios!
—No pude negarme. Ella me lo pidió. Y aunque ella confesó que yo le seguía gustando mucho... ella se alegró por nosotros.
—¿Por nosotros?
—Ajá. Por nosotros. Porque yo te amaba a ti, e íbamos a volver a estar juntos... Claro, si tú quieres. Aunque si ya no quieres estar conmigo, lo entenderé perfectamente.
—¿Sabes? Estaba apunto de marcharme —dije.
—Lo sé. Cuando venía de camino a tu casa, después del beso, Jasmina me lo dijo.
—¿Qué Jasmina te lo dijo? —chillé.
—Sí —rió—. Ella no quería que tú te fueras. Y bueno, me pidió que hiciese lo que fuera por evitar que te fueras...
—La mataré —murmuré, y Joseph rió.
—Y cuando llegué a tu casa, tu madre estaba en la puerta y me dijo que estabas montada en ese taxi —lo señaló. El pobre seguía esperando—. Y no esperé ni un segundo más. Comencé a correr y a gritar desesperadamente detrás del él —sonrió.
Agarró mi rostro entre sus manos y juntó nuestras frentes.
—No podía dejar que te fueras, mi amor... —susurró, con sus ojitos almendrados cerrados.
—Gracias por haber llegado a tiempo —susurré, y él abrió sus ojos, que brillaban intensamente. Me observó con ternura y emoción.
—¿Entonces me perdonas?
—Claro —sonreí.
Él sonrió enormemente, una sonrisa llena de felicidad, y me abrazó con fuerza.
—Gracias, princesa, gracias —susurró en mi oído.
—Nunca me vuelvas a hacer sufrir, Joseph, por favor... —le supliqué, con tristeza.
Él me miró con ternura y sonrió.
—Nunca más. Te lo prometo, mi amor.
Sonreímos al instante, y Joseph cogió mi rostro entre sus manos, una vez más, para poder besar mis labios de nuevo, con mucha dulzura, como solo él sabía hacer.
—Te amo, mi príncipe —susurré sobre sus labios, con mis ojos cerrados, y con una sonrisa intacta en mi rostro.
—Y yo te amo más. Mucho más —susurró también, mientras jugaba con nuestras narices, formando un besito de esquimal.
Y de nuevo, la felicidad llegó a mí, sin más dudas respecto a nuestros sentimientos.
FIN.
ojla les guste:)
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