ola bueno hoy en este dia especial subire una video de otra artista que me gusta MILEY CYRUS iia que oi kumple 17 añithos...espero que la pases muii bien y elegi este video iia que creo que es perfecto para la edad que esta viviendo ella oespero que les agrade adios.
FELIZ KUMPLE SMILEY O MILEY
y este otro video iia que me encanta :)
"dudas" sexta y ultima parte
Publicado por
coritho
on domingo, 22 de noviembre de 2009
/
Comments: (0)

La puerta de mi cuarto sonó, y supuse que era mi madre. Así que solo contesté un:
“Adelante”.
—Hija, acabo de llamar a tu tía, te puedes ir ahora mismo si quieres.
Era la única buena noticia que me habían dado ese día.
—Genial, mamá. Gracias.
Mi madre se fue con una tierna sonrisa, y yo terminé de hacer mi maleta.
Decidí llamar a mi amiga. Ella tenía que enterarse que yo me iba.
—¡¿Cómo que te vas?!
Así es como ella reaccionó, no muy bien...
—Necesito irme por un tiempo, Jasmín. Pero volveré pronto. Te lo prometo —dije.
—Pero... ¿qué haré yo sin ti? —dijo bajito, con un hilo de voz.
—Lo mismo —reí, por primera vez en ese día—. Te llamaré todos los días. Y prometo volver cuanto antes.
—Está bien —murmuró, y oí como suspiraba.
—Cuídate mucho, fea.
—Tú también —dijo nostálgica—. Y llámame.
—Sabes que lo haré. Te lo he prometido —sonreí.
Seguí hablando un poco más con ella, y después colgué. Mi madre llamó a un taxi y me ayudó a bajar mi pesada maleta.
Cuando el taxi llegó, el taxista metió mi maleta al maletero y yo me despedí de mi madre.
—Te quiero —fueron las dos últimas palabras que pronuncié. Ella me sonrió, y me mandó un beso, mientras la iba perdiendo de vista.
Planté mi vista al frente, y al momento sentí unos gritos, y era su voz. Era la voz de Joseph.
Moví mi cabeza a un lado y hacia otro. No podía ser que ya tuviera alucinaciones.
—¡Marie! —oí su grito otra vez. Mi nombre salir de su boca sonaba tan hermoso… Pero no podía ser real.
—¡Marie!
Esto ya no podía ser mi imaginación.
Rápidamente me giré, y pude ver por el cristal de la luna trasera del coche, como Joseph corría detrás del taxi, intentando que éste parara. Gritaba una y otra vez mi nombre.
Pero, ¿qué hacía él aquí?
—¡Para el taxi, por favor! —le supliqué al taxista, y éste rápidamente frenó.
Bajé lo más rápido posible del taxi, y vi como Joseph comenzaba a formar una sonrisa y a llegar hasta a mí.
—J-Joseph, ¿qué haces aquí? —pregunté extrañada.
—Evitar que te vayas —dijo, con su voz entrecortada, por la carrera que se había pegado—. No puedo perder al amor de mi vida, por segunda vez. Sería un segundo error que jamás me perdonaría.
¿Qué? ¿Estaba soñando o esto era real?
—¿Q-qué es-tás d-diciendo, Joseph? —tartamudeé
—Marie...
Cogió mis manos entre las suyas, y las acarició.
—Tal vez sí llegué a dudar de mis sentimientos, de lo que sentí por ti, pero... —hizo una pausa para sonreír, y con una mano, empezar a acariciar mi mejilla—. Pero en cuanto me dejaste, supe, y no dudé más, de mis sentimientos hacia mi princesa...
Cerré mis ojos.
Princesa...
Amaba que él me llamara así.
—Y si supiste en cuanto te dejé que me amabas a mí... ¿Entonces, por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me buscaste para decirme que me amabas a mí?
—Porque quería primero hablar con Leire y dejarle todo claro.
En ese momento recordé el beso. El beso que me dolió tanto...
—Te besaste con ella —le recordé, con lágrimas en los ojos.
—Deja que te explique eso, por favor —pidió—. En ese recreo decidí ir a hablar con Leire, para dejarle las cosas claras. Porque tal vez no me creas, pero no me acerqué a ella después de que tú me dejaras...
—Te creo —dije rápidamente. Él me miró sorprendido, pero agradecido de que le creyera.
Sonrió.
—Me alegro que me creas.
Sonreí, y bajé mi cabeza.
—Bueno, te sigo contando. Como no me acerqué a ella, decidí ir a hablar con ella en el recreo, porque tenía que dejarle claro que me confundí, pero que ahora tenía más que claro que te amaba a ti, y solo a ti...
Quise sonreír. Pero no lo hice, me aguanté las ganas.
—¿Y el beso? —pregunté dolida.
Él suspiró.
—Ella me pidió que le besara por primera y última vez —dijo, y yo le miré incrédula. ¿Solo lo había hecho por eso? ¡Por Dios!
—No pude negarme. Ella me lo pidió. Y aunque ella confesó que yo le seguía gustando mucho... ella se alegró por nosotros.
—¿Por nosotros?
—Ajá. Por nosotros. Porque yo te amaba a ti, e íbamos a volver a estar juntos... Claro, si tú quieres. Aunque si ya no quieres estar conmigo, lo entenderé perfectamente.
—¿Sabes? Estaba apunto de marcharme —dije.
—Lo sé. Cuando venía de camino a tu casa, después del beso, Jasmina me lo dijo.
—¿Qué Jasmina te lo dijo? —chillé.
—Sí —rió—. Ella no quería que tú te fueras. Y bueno, me pidió que hiciese lo que fuera por evitar que te fueras...
—La mataré —murmuré, y Joseph rió.
—Y cuando llegué a tu casa, tu madre estaba en la puerta y me dijo que estabas montada en ese taxi —lo señaló. El pobre seguía esperando—. Y no esperé ni un segundo más. Comencé a correr y a gritar desesperadamente detrás del él —sonrió.
Agarró mi rostro entre sus manos y juntó nuestras frentes.
—No podía dejar que te fueras, mi amor... —susurró, con sus ojitos almendrados cerrados.
—Gracias por haber llegado a tiempo —susurré, y él abrió sus ojos, que brillaban intensamente. Me observó con ternura y emoción.
—¿Entonces me perdonas?
—Claro —sonreí.
Él sonrió enormemente, una sonrisa llena de felicidad, y me abrazó con fuerza.
—Gracias, princesa, gracias —susurró en mi oído.
—Nunca me vuelvas a hacer sufrir, Joseph, por favor... —le supliqué, con tristeza.
Él me miró con ternura y sonrió.
—Nunca más. Te lo prometo, mi amor.
Sonreímos al instante, y Joseph cogió mi rostro entre sus manos, una vez más, para poder besar mis labios de nuevo, con mucha dulzura, como solo él sabía hacer.
—Te amo, mi príncipe —susurré sobre sus labios, con mis ojos cerrados, y con una sonrisa intacta en mi rostro.
—Y yo te amo más. Mucho más —susurró también, mientras jugaba con nuestras narices, formando un besito de esquimal.
Y de nuevo, la felicidad llegó a mí, sin más dudas respecto a nuestros sentimientos.
FIN.
ojla les guste:)
"dudas" quinta parte
Publicado por
coritho
on sábado, 21 de noviembre de 2009
/
Comments: (0)

—¿Tiene que ser ahora? —preguntó fastidiado.
—Sí, ahora —dije. Él bufó y se levantó de mala gana. Cogió mi mano, y nos alejamos
de todos.
—Si vas a venir y a hablar de mal humor, mejor vuélvete a donde estabas antes, a
seguir riéndote con tu querida amiga —recalqué.
Él suspiró y puso sus ojos en blanco, dándome a entender, que no le importaba lo que
yo le dijera. Eso me hizo enfadar aún más.
—Bueno, ¿de qué quieres hablar conmigo? —preguntó desinteresado, como si le tuviera
que decir algo insignificante.
Joseph ya se estaba pasando.
—¿Sabes? Déjalo. Ahora no quiero hablar —dije, y comencé a andar, para reunirme con
los demás.
—Marie, ya que me has traído aquí, me lo dices —me exigió. Yo lo miré con
decepción. No lo reconocía...
—¿Quieres que hablemos? Está bien —dije de mal humor.
—Sé que prometí no dudar de ti. Pero tú eres el que me hace dudar... —dije, y Joseph
me miró extrañado, pero con tristeza. Parecía haberse dado cuenta de lo que le estaba
queriendo decir. Pero no dijo nada—. Mira, Joseph... —suspiré, preparándome para
hablar—. Yo ya no te veo ilusionado con un nosotros. Sino que te veo más ilusionado
con ella.
Joseph fue a interrumpirme, pero yo con un gesto, no le dejé que lo hiciera.
—No me haces caso. Ni si quiera me has mirado hoy —susurré dolida—. Y para colmo,
por una vez que te hablo, me contestas de mala manera, diciéndome que estás hablando
con ella.
—Marie...
—No me interrumpas, Joseph —le ordené, bastante irritada ya.
Él se calló.
—Quiero que lo dejemos —susurré, sin mirarlo. No podía mirarlo. Pero seguramente él
estaría con sus ojos como platos.
—¿Q-qué est-ás d-diciendo, Marie? —tartamudeó.
—Pues eso. Que tienes todo el camino libre para irte con ella —dije.
—¿Pero qué estás diciendo?
—Joseph, no me digas que no sientes nada por ella, porque te estarías mintiendo a ti
mismo...
Joseph no contestó. Eso me dio a entender, que yo tenía razón. Él aún siente algo por
ella.
—Espero que seáis felices —susurré.
Me levanté y comencé a andar para ir con los demás, y despedirme de ellos. No quería
seguir aquí. Me quería ir a mi casa a llorar tranquila, a descargar toda la tristeza y rabia
que tenía dentro.
—Tal vez tengas razón —dijo Joseph.
Yo paré de andar, pero no me di la vuelta.
—Puede que aún sienta algo por Leire...
¿No me digas? Pensé irónica.
—Eso es lo que quería escuchar. Gracias —dije, aún, sin mirarlo.
Comencé a andar de nuevo, y Joseph ya no vino detrás mía. Sino que habló de nuevo:
—Lo siento —dijo.
Yo cerré mis ojos, dejando escapar algunas lágrimas.
—Perdóname, Marie... —susurró.
Yo me di la vuelta, pero sin caminar hasta él.
—No tengo nada que perdonarte. En los sentimientos no se manda. Pero me lo podrías
haber dicho desde un principio. Ayer me mentiste. Me dijiste que solo me amabas a mí,
y en realidad me estabas mintiendo en ese momento, Joseph. Sé sincero, y no seas tan
cobarde —dije.
Me di otra vez la vuelta, y esta vez si desaparecí de su vista. Él ya no dijo nada más.
El fin de semana pasó, y yo no salí más desde ese día. El domingo lo pasé en casa
llorando todo el día.
El lunes tenía que volver al instituto, y aunque no tenía ganas, tenía que hacerlo sí o sí.
—¿Qué tal sigues? —preguntó mi amiga preocupada, cuando llegué al instituto el lunes
por la mañana.
—Bien —sonreí sin ganas, y ella dejó el tema a un lado.
—Marie... —me llamó mi amiga. La miré, y ella se acercó a mí—. Joseph desde que
rompiste con él, no ha vuelto a hablar con Leire.
—¿En serio? —pregunté sorprendida.
—Sí... no han vuelto a hablar.
—Se suponía que todavía seguía sintiendo cosas por ella... —dije, sin entender por qué
Joseph había hecho eso.
—No lo sé. Habla con él.
—No —me negué rotundamente—. Entre Joseph y yo ya no hay nada. Ya está todo más
que dicho...
El timbre sonó, y en ese momento Joseph entró a la clase. Nuestras miradas se cruzaron,
pero yo rápidamente aparté la mía.
En el recreo, no estaban ni Joseph ni Leire con nosotros. Estaba claro que estaban
juntos, así que decidí ir a buscarlos. Pero nunca debí haber ido. La escena que presencié
no era la que yo más deseaba ver.
—P-perdón —pude articular, cuando abrí la puerta de la clase, y los vi besándose.
Rápidamente, cerré la puerta, y comencé a correr.
—Oh, no... ¡Espera, Marie! —voceó Joseph. Pero yo no hice caso a su pedido.
Simplemente corrí y corrí sin dirección alguna.
Decidí ir a mi casa, para poder hablar con mi madre, y pedirle permiso para irme un
tiempo con mi tía a Nueva Jersey. Seguramente me dejaría. Ella me comprenderá
cuando le cuente lo de Joseph.
Cuando llegué, ella se preocupó por mi estado, y ahí aproveché para contarle todo. Mi
madre me comprendió, y aceptó que yo me fuese por un tiempo fuera.
Después de agradecérselo, subí a mi habitación y comencé a hacer la maleta. Quería
dejar todo lo de Joseph atrás, y hasta decidí romper nuestras fotos, pero no pude,
no podía hacerlo. Y por más que no quise llevarme ninguna, al final, acabé
echando una a la maleta. Una en la que él besaba mi mejilla tiernamente.
Suspiré, y comencé a llorar de nuevo.
S.O.S
Publicado por
coritho
on lunes, 16 de noviembre de 2009
/
Comments: (0)
bueno se que e sun pokito antigua pero en verdad me encanta ojala les guste cuidense bye!!!!
dudas cuarta parte
Publicado por
coritho
/
Comments: (0)
—Con tan solo ver tu reacción, y tus ojos al hablar de ella; me es más que suficiente para dudar de ti, Joseph —dije, algo más calmada.
—Marie —me nombró, llamándome—. Marie, espera. Marie...
Al ver que yo no paraba de caminar, y no estaba dispuesta a escucharlo; Joseph se encargó de coger mi muñeca y hacerme girar, y quedar frente a él.
—Escúchame, por favor —pidió, o más bien, suplicó.
—¡¿Qué quieres que escuche?! —chillé
—La verdad.
¿La verdad? ¿Me iba a decir que seguía enamorado de Leire?
—Te amo a ti, Marie. Solo a ti —dijo, y yo abrí mis ojos como platos, de la impresión de sus palabras—. Esa es la única verdad.
Parecía tan sinceras sus palabras. Pero luego su mirada no me hacía pensar lo mismo.
—Y-yo...
No me dio tiempo a decir nada más, porque Joseph me agarró de mi nuca, y me atrajo hasta él, para juntar nuestros labios, en un perfecto y deseado beso.
Yo me quedé sorprendida por su reacción, pero aún así, le seguí el beso. Lo necesitaba.
—Solo te amo a ti —susurró sobre mis labios, en cuanto el beso terminó.
—Perdóname, Joseph —susurré arrepentida, por haber formado tanto lío con todo esto. Joseph solo me amaba a mí. Él me lo acababa de decir. No creo que él fuera capaz de mentirme.
—No tengo nada que perdonarte, princesa.
Ambos sonreímos, y volvimos a fundirnos en un apasionado beso.
—¿Prometes que no me dejarás por ella? —pregunté con temor.
—¿Y tú me prometes que nunca más dudarás de mí? —preguntó con ternura, y una sonrisa en sus labios. Yo reí despacito.
—Te lo prometo —susurré, y después mordí su labio inferior con deseo.
—Entonces, yo también te lo prometo.
Sonrió, y se acercó para volver a devorar mis labios.
Había sido una buena reconciliación, pero ahora volvía a tener miedo. Estábamos todos mis amigos y yo, esperando a que Leire llegara. En unos minutos nos íbamos a reencontrar con ella.
Miré a Joseph, para ver como estaba. Y parecía nervioso, desesperado. Se mordía las uñas, jugaba, repetidas veces, con sus manos, y se tocaba el pelo a cada momento. Me estaba poniendo nerviosa, y cada vez más.
—¡Leire! —exclamaron varios de mis amigos cuando ella venía corriendo emocionada hacia nosotros.
Miré a Joseph, quien la miraba con ternura y una sonrisa en su rostro. Parecía atontado. ¡Maldita sea!
Cuando llegó el turno en el que Joseph y Leire se encontrarían, ambos se miraron con una sonrisa, y se saludaron con algo de timidez.
Decidimos ir al centro comercial, al cine y a pasar la tarde con Leire. Todos disfrutaban de esa salida, menos yo. Joseph no me había hecho caso en toda la tarde, porque estaba bastante entretenido mirando y hablando con Leire.
—Jas, creo que me voy a ir... —le susurré.
—¿Irte? ¿Por qué?
—Mira a Joseph —dije con rabia.
—¡Ay, Marie! ¿Otra vez vas a empezar? —dijo cansada. Yo la miré anonadada. ¿Es que no lo veía?
—No digas tonterías, Jasmina. ¿No ves que no me está haciendo caso en toda la tarde?
—Joseph no va a estar a todo momento pendiente de ti, Marie. Tienes amigos, no solo existe tu novio —dijo molesta.
—Lo sé. Pero míralo. ¿No me digas que no ves la cara de enamorado que se le pone cuando está con ella? —murmuré triste.
Jas no respondió. Así que yo lo tomé como una respuesta positiva de su parte. Bajó su cabeza y mordió su labio.
Yo suspiré y me levanté de la silla, ya que estábamos en un bar tomando un refresco.
—Yo me voy ya —dije alto, para que todos lo oyeran. Pero que casualidad, que todo el mundo se volteó, menos ellos dos. Esto ya se estaba pasando de castaño oscuro.
—¿Tan pronto? —preguntó uno de mis amigos confundido.
—Sí. No me apetece estar aquí... —dije mirando a Joseph, quien estaba muy entretenido, y aún no se había dado cuenta de que me iba.
Todos posaron su mirada en Joseph y Leire y entendieron el por qué me iba ya. Ninguno dijo nada, y tampoco hacía falta que dijeran nada.
Me despedí con un “Hasta mañana”, y salí del centro comercial. No me había despedido de Joseph, y él no se había dado cuenta de que yo ya me iba.
Suspiré.
Creo que ninguno de los dos vamos a cumplir nuestras promesas...
Al día siguiente, era sábado, y como todos los sábados, todos salíamos a pasar el día por ahí.
Yo no tenía ganas, pero sabía que Jasmina me iba a obligar a ir. Por lo tanto, no me molesté en decirles que no iba.
El día de amigos no empezó bien. Cuando Joseph llegó, ni me saludó; solo se fue a donde estaba su querida “amiga” Leire, y se puso a hablar y a reír con ella. Es decir, a coquetear.
—Empezamos bien el día —bufé. Mi amiga me miró, y por su cara, parecía darme la razón.
—Estate conmigo todo el día y pasa de él...
—Que fácil es todo para ti, Jasmina —murmuré.
—¿Y qué prefieres, amargarte el día?
Suspiré.
—Tienes razón —dije. Ella sonrió y besó mi mejilla.
El día estaba siendo una auténtica... basura. Joseph no me había hablado, ni si quiera
para saludarme. Y ni si quiera me miró en toda la tarde, y
...Y ni si quiera me miró en toda la tarde, y yo ya me estaba hartando.
—Joe, ¿te vienes a dar una vuelta conmigo? —le pregunté, a ver si así, me hacía algo de
caso.
—No, Marie. Estoy hablando con Leire. ¿No lo ves? —dijo algo molesto. Me dedicó
una fugaz mirada, y después comenzó a hablar de nuevo con Leire. ¿De qué se reían
tanto? Estaba harta.
—Joseph, tengo que hablar contigo —dije, todavía, calmada.
Estaba harta, y decidida a dejarle las cosas claras. O mejor dicho, a que él me dejara las
cosas claras.
—Marie —me nombró, llamándome—. Marie, espera. Marie...
Al ver que yo no paraba de caminar, y no estaba dispuesta a escucharlo; Joseph se encargó de coger mi muñeca y hacerme girar, y quedar frente a él.
—Escúchame, por favor —pidió, o más bien, suplicó.
—¡¿Qué quieres que escuche?! —chillé
—La verdad.
¿La verdad? ¿Me iba a decir que seguía enamorado de Leire?
—Te amo a ti, Marie. Solo a ti —dijo, y yo abrí mis ojos como platos, de la impresión de sus palabras—. Esa es la única verdad.
Parecía tan sinceras sus palabras. Pero luego su mirada no me hacía pensar lo mismo.
—Y-yo...
No me dio tiempo a decir nada más, porque Joseph me agarró de mi nuca, y me atrajo hasta él, para juntar nuestros labios, en un perfecto y deseado beso.
Yo me quedé sorprendida por su reacción, pero aún así, le seguí el beso. Lo necesitaba.
—Solo te amo a ti —susurró sobre mis labios, en cuanto el beso terminó.
—Perdóname, Joseph —susurré arrepentida, por haber formado tanto lío con todo esto. Joseph solo me amaba a mí. Él me lo acababa de decir. No creo que él fuera capaz de mentirme.
—No tengo nada que perdonarte, princesa.
Ambos sonreímos, y volvimos a fundirnos en un apasionado beso.
—¿Prometes que no me dejarás por ella? —pregunté con temor.
—¿Y tú me prometes que nunca más dudarás de mí? —preguntó con ternura, y una sonrisa en sus labios. Yo reí despacito.
—Te lo prometo —susurré, y después mordí su labio inferior con deseo.
—Entonces, yo también te lo prometo.
Sonrió, y se acercó para volver a devorar mis labios.
Había sido una buena reconciliación, pero ahora volvía a tener miedo. Estábamos todos mis amigos y yo, esperando a que Leire llegara. En unos minutos nos íbamos a reencontrar con ella.
Miré a Joseph, para ver como estaba. Y parecía nervioso, desesperado. Se mordía las uñas, jugaba, repetidas veces, con sus manos, y se tocaba el pelo a cada momento. Me estaba poniendo nerviosa, y cada vez más.
—¡Leire! —exclamaron varios de mis amigos cuando ella venía corriendo emocionada hacia nosotros.
Miré a Joseph, quien la miraba con ternura y una sonrisa en su rostro. Parecía atontado. ¡Maldita sea!
Cuando llegó el turno en el que Joseph y Leire se encontrarían, ambos se miraron con una sonrisa, y se saludaron con algo de timidez.
Decidimos ir al centro comercial, al cine y a pasar la tarde con Leire. Todos disfrutaban de esa salida, menos yo. Joseph no me había hecho caso en toda la tarde, porque estaba bastante entretenido mirando y hablando con Leire.
—Jas, creo que me voy a ir... —le susurré.
—¿Irte? ¿Por qué?
—Mira a Joseph —dije con rabia.
—¡Ay, Marie! ¿Otra vez vas a empezar? —dijo cansada. Yo la miré anonadada. ¿Es que no lo veía?
—No digas tonterías, Jasmina. ¿No ves que no me está haciendo caso en toda la tarde?
—Joseph no va a estar a todo momento pendiente de ti, Marie. Tienes amigos, no solo existe tu novio —dijo molesta.
—Lo sé. Pero míralo. ¿No me digas que no ves la cara de enamorado que se le pone cuando está con ella? —murmuré triste.
Jas no respondió. Así que yo lo tomé como una respuesta positiva de su parte. Bajó su cabeza y mordió su labio.
Yo suspiré y me levanté de la silla, ya que estábamos en un bar tomando un refresco.
—Yo me voy ya —dije alto, para que todos lo oyeran. Pero que casualidad, que todo el mundo se volteó, menos ellos dos. Esto ya se estaba pasando de castaño oscuro.
—¿Tan pronto? —preguntó uno de mis amigos confundido.
—Sí. No me apetece estar aquí... —dije mirando a Joseph, quien estaba muy entretenido, y aún no se había dado cuenta de que me iba.
Todos posaron su mirada en Joseph y Leire y entendieron el por qué me iba ya. Ninguno dijo nada, y tampoco hacía falta que dijeran nada.
Me despedí con un “Hasta mañana”, y salí del centro comercial. No me había despedido de Joseph, y él no se había dado cuenta de que yo ya me iba.
Suspiré.
Creo que ninguno de los dos vamos a cumplir nuestras promesas...
Al día siguiente, era sábado, y como todos los sábados, todos salíamos a pasar el día por ahí.
Yo no tenía ganas, pero sabía que Jasmina me iba a obligar a ir. Por lo tanto, no me molesté en decirles que no iba.
El día de amigos no empezó bien. Cuando Joseph llegó, ni me saludó; solo se fue a donde estaba su querida “amiga” Leire, y se puso a hablar y a reír con ella. Es decir, a coquetear.
—Empezamos bien el día —bufé. Mi amiga me miró, y por su cara, parecía darme la razón.
—Estate conmigo todo el día y pasa de él...
—Que fácil es todo para ti, Jasmina —murmuré.
—¿Y qué prefieres, amargarte el día?
Suspiré.
—Tienes razón —dije. Ella sonrió y besó mi mejilla.
El día estaba siendo una auténtica... basura. Joseph no me había hablado, ni si quiera
para saludarme. Y ni si quiera me miró en toda la tarde, y
...Y ni si quiera me miró en toda la tarde, y yo ya me estaba hartando.
—Joe, ¿te vienes a dar una vuelta conmigo? —le pregunté, a ver si así, me hacía algo de
caso.
—No, Marie. Estoy hablando con Leire. ¿No lo ves? —dijo algo molesto. Me dedicó
una fugaz mirada, y después comenzó a hablar de nuevo con Leire. ¿De qué se reían
tanto? Estaba harta.
—Joseph, tengo que hablar contigo —dije, todavía, calmada.
Estaba harta, y decidida a dejarle las cosas claras. O mejor dicho, a que él me dejara las
cosas claras.
dudas tercera parte
Publicado por
coritho
on sábado, 14 de noviembre de 2009
/
Comments: (0)

—La verdad, no sé que podría pasarte. Creo que yo no he hecho nada para que estés así conmigo... —dijo con voz triste, apagada.
—Pues si tú crees que no me pasa nada, está bien. Y ahora, prefiero que te vayas, porque estoy ocupada.
Me dolía más a mí que a él ser tan seca y borde con él, pero era lo único que me salía en ese momento. Estaba bastante dolida y enfadada como para tratarlo como siempre.
—Pero...
—¿Qué pasa, Joe? ¿Por qué ya no estás tan feliz como lo estabas esta mañana en el recreo? —pregunté, intentando que por él solito, averiguara lo que me pasaba. Pero parece ser, que no me conocía tan bien como para saberlo. Tal vez nuestra relación sea un error.
—No te entiendo. No sé de qué me hablas, Marie... —susurró confundido y triste, mientras negaba con su cabeza
—Tal vez es que no me conoces demasiado.
Lo miré por última vez, y subí las escaleras, para volverme a encerrar en mi cuarto.
Joseph no subió. Al momento escuché la puerta de la calle cerrarse con fuerza.
Me asomé a la ventana, y vi como Joe se alejaba lentamente, con sus manos dentro de sus bolsillos y con su cabeza agachada.
Al verlo así, me sentí fatal, me sentí culpable, me sentí una completa basura.
Tal vez él no merecía que yo lo tratara así. Tal vez estaba hablando demasiado antes de tiempo, y me estuviera equivocando. Pero no creo que me equivocara en lo feliz que Joe se había puesto cuando dijeron que Leire volvería, y para colmo, mañana.
Suspiré y me tiré a la cama, boca arriba, para poder colocar un cojín que había encima de mi cama sobre mi rostro, y expulsar toda mi ira, en un grito muy necesitado y deseado.
Al día siguiente no esperé a Joe para ir al instituto. Igualmente, no creo que Joseph hubiera venido a por mí para irnos juntos. Aún así, yo no esperé por si acaso él lo hacía.
Cuando llegué, entré en clase, esperando no ver a nadie, ya que era demasiado pronto, y la gente apenas estaba comenzando a llegar; pero no estaba sola. Estaba él. Estaba sentado en su sitio, con sus codos apoyados en la mesa, y su rostro cubierto por sus manos.
—Marie... —susurró, una vez que había levantado su cabeza, ya que la puerta hizo ruido al abrirse.
Yo fui a salir de la clase, pero él se me adelantó, y se levantó de su sitio para correr hacia mí.
—Marie, espera, por favor... —suplicó, hasta llegar a mí y coger mi brazo, no con mucha fuerza, y atraerme hasta él y mirarlo a los ojos.
—Suéltame, Joseph, por favor —pedí, o más bien supliqué.
—¿Por qué estás así conmigo? ¿Por qué me evitas? ¿Qué te he hecho? —preguntó, al borde del llanto, aunque en sus ojos ya podía ver el hinchazón de haber llorado; mientras me miraba con desesperación y dolor.
Yo no respondí. No sabía que responder. Quería que él se diera cuenta de lo que me pasaba, y no que yo tuviera que decírselo.
—Contéstame, por favor... —suplicó en un susurro, devastado, mientras sus ojos se comenzaban a agauchar.
—Y-yo...
Definitivamente, no sabía que decirle.
—Es mejor que te animes. Hoy vuelve Leire, y no querrás que ella te vea así —dije, al fin, en un tono bastante seco y lleno de odio. Joseph abrió sus ojos, sorprendido, por lo que le acababa de decir. Parece que él ya se había dado cuenta de lo que me pasaba, pero se había enterado por mí, no por él mismo, como yo hubiera querido.
En ese momento, Joseph disminuyó la presión que hacía en mi brazo, y aproveché para salir de allí. Él no corrió tras de mí, no intentó detenerme de ninguna forma. Pero era mejor así. No quería que él me detuviera. Quería irme de allí, para no tener que mirar más sus ojos, los cuales estaban llenos de dolor, y eso me destrozaba aún más.
—No puedo creer que pienses lo que creo que estás pensando —dijo su voz. Rápidamente me di la vuelta, sorprendida, porque él estaba ahí. Aunque no era raro que me encontrara. Él sabe que este es el sitio donde siempre vengo cuando estoy mal y necesito pensar, despejarme o simplemente, olvidarme de todo. Es un parque que hay a las afueras de la cuidad, con un pequeño lago, y con muchos árboles. Me transmitía paz estando en este parque. Por esa razón venía aquí cada vez que necesitaba estar sola.
—¿Q-qué haces aquí? —pregunté, levantándome.
—Quería hablar contigo y me imaginé que estarías aquí —dijo.
—Yo... quiero estar sola, Joseph —murmuré.
—Ya. Pero yo quiero que hablemos, y que aclares mis dudas.
—¿Qué dudas? —pregunté.
—Siéntate —pidió, señalando el sitio, donde había estado sentada hace unos segundos. Hice caso y me senté. Él se sentó a mi lado, mientras ambos mirábamos al frente, a la gran cascada de aquel lago que había.
Ambos estábamos callados. Y yo no iba a ser quien rompiera el silencio. Si él quería hablar conmigo, pues que lo rompiera él.
—No sé por donde empezar... —susurró, mientras dejaba escapar un sonoro y prolongado suspiro, para después ladearse un poco y mirarme a mí.
—Por el principio, supongo —dije, y miré sus ojos rojos, como seguramente estarían los míos.
—Aclárame algo —pidió—. ¿Estás así porque Leire vuelve hoy?
—Está bastante clara la respuesta, ¿no? —dije seria.
—Sí... —Joseph suspiró de nuevo, y volvió a plantar su penetrante mirada sobre la mía—. ¿Te pusiste celosa?
—No, Joseph. Tú sabes perfectamente que yo no soy celosa. Por lo tanto, no tendría por qué serlo ahora...
—Entonces no entiendo por qué te comportas así... —susurró confundido.
—¿Quieres saber el por qué? —pregunté, mientras alzaba mi voz. Joseph no emitió sonido ni palabra. Ni si quiera un gesto.
—Me gustaría —dijo al fin.
—Está bien —murmuré—. Estoy así, porque tengo miedo —dije, y antes de que Joseph dijera algo, ya que abrió su boca para interrumpir; yo seguí hablando—: Miedo a que te vuelvas a enamorar de ella, o simplemente te des cuenta de que todavía la quieres.
Joseph me miró anonadado, impresionado, y después bajó su cabeza, para suspirar despacito.
—No me lo puedo creer... —susurró—. ¿De verdad crees eso?
Asentí con mi cabeza, mientras miraba para otro lado. Quería evitar su mirada.
—¿Por qué creíste eso, Marie? ¡Yo te amo a ti! —exclamó furioso. Yo le miré dolida y suspiré.
—Si te hubieras visto... —susurré negando con mi cabeza—. Si hubieras visto tu reacción cuando dijeron que ella volvía... ¡Tus ojos brillaron al instante! Tu sonrisa apareció rápidamente, y ese brillo en tus ojos, no eran solo de un simple cariño, sino de amor, Joseph. Tus ojos brillaban como cuando hablabas de ella años atrás —dije dolida.
Una lágrima se escapó de mis ojos agauchados, y se deslizó por mi mejilla, terminando en mi barbilla.
Él bajó su mirada, como dándome la razón de lo que estaba diciendo; pero al momento la subió, intentando disimular que yo llevaba razón.
—No —susurró, fingiendo estar seguro de sus palabras—. No digas eso, porque eso no es verdad, Marie. Yo ya no la amo. Simplemente me he alegrado por volver a verla, nada más... Yo te amo a ti, no sé como puedes dudar eso...
Esto era el colmo. Ahora yo iba a tener la culpa de todo.
—¡No dudaría, si tú no me dieras razones! —chillé furiosa, harta. Joe me miró sorprendido, y yo comencé a caminar para salir del parque. No quería seguir hablando con él.
—¿Qué razones se supone que te he dado? —chilló él también, mientras seguía caminando tras de mí.