
—¿Tiene que ser ahora? —preguntó fastidiado.
—Sí, ahora —dije. Él bufó y se levantó de mala gana. Cogió mi mano, y nos alejamos
de todos.
—Si vas a venir y a hablar de mal humor, mejor vuélvete a donde estabas antes, a
seguir riéndote con tu querida amiga —recalqué.
Él suspiró y puso sus ojos en blanco, dándome a entender, que no le importaba lo que
yo le dijera. Eso me hizo enfadar aún más.
—Bueno, ¿de qué quieres hablar conmigo? —preguntó desinteresado, como si le tuviera
que decir algo insignificante.
Joseph ya se estaba pasando.
—¿Sabes? Déjalo. Ahora no quiero hablar —dije, y comencé a andar, para reunirme con
los demás.
—Marie, ya que me has traído aquí, me lo dices —me exigió. Yo lo miré con
decepción. No lo reconocía...
—¿Quieres que hablemos? Está bien —dije de mal humor.
—Sé que prometí no dudar de ti. Pero tú eres el que me hace dudar... —dije, y Joseph
me miró extrañado, pero con tristeza. Parecía haberse dado cuenta de lo que le estaba
queriendo decir. Pero no dijo nada—. Mira, Joseph... —suspiré, preparándome para
hablar—. Yo ya no te veo ilusionado con un nosotros. Sino que te veo más ilusionado
con ella.
Joseph fue a interrumpirme, pero yo con un gesto, no le dejé que lo hiciera.
—No me haces caso. Ni si quiera me has mirado hoy —susurré dolida—. Y para colmo,
por una vez que te hablo, me contestas de mala manera, diciéndome que estás hablando
con ella.
—Marie...
—No me interrumpas, Joseph —le ordené, bastante irritada ya.
Él se calló.
—Quiero que lo dejemos —susurré, sin mirarlo. No podía mirarlo. Pero seguramente él
estaría con sus ojos como platos.
—¿Q-qué est-ás d-diciendo, Marie? —tartamudeó.
—Pues eso. Que tienes todo el camino libre para irte con ella —dije.
—¿Pero qué estás diciendo?
—Joseph, no me digas que no sientes nada por ella, porque te estarías mintiendo a ti
mismo...
Joseph no contestó. Eso me dio a entender, que yo tenía razón. Él aún siente algo por
ella.
—Espero que seáis felices —susurré.
Me levanté y comencé a andar para ir con los demás, y despedirme de ellos. No quería
seguir aquí. Me quería ir a mi casa a llorar tranquila, a descargar toda la tristeza y rabia
que tenía dentro.
—Tal vez tengas razón —dijo Joseph.
Yo paré de andar, pero no me di la vuelta.
—Puede que aún sienta algo por Leire...
¿No me digas? Pensé irónica.
—Eso es lo que quería escuchar. Gracias —dije, aún, sin mirarlo.
Comencé a andar de nuevo, y Joseph ya no vino detrás mía. Sino que habló de nuevo:
—Lo siento —dijo.
Yo cerré mis ojos, dejando escapar algunas lágrimas.
—Perdóname, Marie... —susurró.
Yo me di la vuelta, pero sin caminar hasta él.
—No tengo nada que perdonarte. En los sentimientos no se manda. Pero me lo podrías
haber dicho desde un principio. Ayer me mentiste. Me dijiste que solo me amabas a mí,
y en realidad me estabas mintiendo en ese momento, Joseph. Sé sincero, y no seas tan
cobarde —dije.
Me di otra vez la vuelta, y esta vez si desaparecí de su vista. Él ya no dijo nada más.
El fin de semana pasó, y yo no salí más desde ese día. El domingo lo pasé en casa
llorando todo el día.
El lunes tenía que volver al instituto, y aunque no tenía ganas, tenía que hacerlo sí o sí.
—¿Qué tal sigues? —preguntó mi amiga preocupada, cuando llegué al instituto el lunes
por la mañana.
—Bien —sonreí sin ganas, y ella dejó el tema a un lado.
—Marie... —me llamó mi amiga. La miré, y ella se acercó a mí—. Joseph desde que
rompiste con él, no ha vuelto a hablar con Leire.
—¿En serio? —pregunté sorprendida.
—Sí... no han vuelto a hablar.
—Se suponía que todavía seguía sintiendo cosas por ella... —dije, sin entender por qué
Joseph había hecho eso.
—No lo sé. Habla con él.
—No —me negué rotundamente—. Entre Joseph y yo ya no hay nada. Ya está todo más
que dicho...
El timbre sonó, y en ese momento Joseph entró a la clase. Nuestras miradas se cruzaron,
pero yo rápidamente aparté la mía.
En el recreo, no estaban ni Joseph ni Leire con nosotros. Estaba claro que estaban
juntos, así que decidí ir a buscarlos. Pero nunca debí haber ido. La escena que presencié
no era la que yo más deseaba ver.
—P-perdón —pude articular, cuando abrí la puerta de la clase, y los vi besándose.
Rápidamente, cerré la puerta, y comencé a correr.
—Oh, no... ¡Espera, Marie! —voceó Joseph. Pero yo no hice caso a su pedido.
Simplemente corrí y corrí sin dirección alguna.
Decidí ir a mi casa, para poder hablar con mi madre, y pedirle permiso para irme un
tiempo con mi tía a Nueva Jersey. Seguramente me dejaría. Ella me comprenderá
cuando le cuente lo de Joseph.
Cuando llegué, ella se preocupó por mi estado, y ahí aproveché para contarle todo. Mi
madre me comprendió, y aceptó que yo me fuese por un tiempo fuera.
Después de agradecérselo, subí a mi habitación y comencé a hacer la maleta. Quería
dejar todo lo de Joseph atrás, y hasta decidí romper nuestras fotos, pero no pude,
no podía hacerlo. Y por más que no quise llevarme ninguna, al final, acabé
echando una a la maleta. Una en la que él besaba mi mejilla tiernamente.
Suspiré, y comencé a llorar de nuevo.
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